PERÚ: Partidos políticos…más que una mera crisis

 

 

Fernando J. Peña Aranibar

Universidad Nacional de Cajamarca

ORCID: 0009-0001-4434-7298

DOI: https://doi.org/10.71187/brc.v0i7.130

Recibido:26/05/2025  |  Aceptado: 4/11/2025

 

RESUMEN

El artículo de revisión se desarrolla desde un enfoque descriptivo y observacional destinado a caracterizar sistemáticamente las dinámicas que han llevado a los partidos y organizaciones políticas a una crisis profunda, donde las prácticas comunicacionales han desempeñado un rol limitado en su interacción con el sistema político nacional. El enfoque descriptivo permite sintetizar las propiedades, funciones y manifestaciones del objeto de estudio sin intervenir en él, mientras el componente observacional registra fenómenos comunicacionales en su contexto natural -medios, redes sociales, discursos partidarios y documentos institucionales- bajo criterios cualitativos y contextualizados. El trabajo se sostiene en una amplia revisión bibliográfica complementada con observación participante, resultado de más de dos décadas de activa militancia política del autor. Su propósito es ofrecer una apreciación de las dificultades que atraviesan los partidos, apoyándose en evaluaciones situacionales y en la descripción detallada de una realidad política específica. En un nivel básico, la investigación combina la experiencia directa con información proveniente de diversas fuentes, buscando representar con fidelidad el problema examinado. Las conclusiones señalan que la necesidad de que la comunicación partidaria instaure prácticas discursivas transparentes, éticas y pedagógicas. Este déficit se evidencia en discursos confrontacionales sin pedagogía cívica. Además, destaca la fragilidad institucional del Estado, cuyo deterioro explica las fallas de los partidos. La sociedad política, atrapada en una creciente anomia, se encamina hacia formas de oclocracia. En este contexto, la formulación de un Proyecto Nacional es una tarea pendiente para orientar la acción responsable de los partidos y contribuir al fortalecimiento democrático del país.

 

Palabras clave: comunicación, democracia, Estado, ética, liderazgo.

 

ABSTRACT

This review article employs a descriptive and observational approach to systematically characterize the dynamics that have led political parties and organizations to a profound crisis, where communication practices have played a limited role in their interaction with the national political system. The descriptive approach allows for the synthesis of the properties, functions, and manifestations of the object of study without intervening in it, while the observational component records communication phenomena in their natural context media, social networks, party discourse, and institutional documents using qualitative and contextualized criteria.

 

The work is based on a comprehensive literature review complemented by participant observation, the result of the author's more than two decades of active political engagement. Its purpose is to offer an assessment of the difficulties faced by political parties, relying on situational evaluations and a detailed description of a specific political reality. At a fundamental level, the research combines direct experience with information from diverse sources, seeking to accurately represent the problem under examination.

 

The findings indicate the need for partisan communication to establish transparent, ethical, and educational discursive practices. This deficit is evident in confrontational rhetoric lacking civic education. Furthermore, the report highlights the institutional fragility of the State, whose deterioration explains the failures of political parties. Political society, trapped in increasing anomie, is heading toward forms of ochlocracy. In this context, the formulation of a National Project is an outstanding task to guide the responsible actions of political parties and contribute to the democratic strengthening of the country.

 

Keywords: communication, democracy, State, ethics, leadership.

 

 

 

INTRODUCCIÓN

La vida democrática de un país no puede ser obra de la anarquía y el desorden; de allí que resulten trascendentes los partidos políticos y su importancia en la cimentación de una democracia consistente y vigorosa. Es preciso reconocer, además, el valor del activo y organizado compromiso político como muestra de responsabilidad cívica, ubicándonos en las antípodas de quienes se muestran opuestos a la militancia política. Dichos estamentos son la base para la realización, pilastra y aseguramiento de la Nación.

La crisis de los partidos políticos es un asunto sensible a la cabal estructuración del Estado, la sociedad y el sistema político peruanos. Aproximarse a la cuestión tratando de identificar las causas de aquel trance, más allá de las múltiples reflexiones académicas que sobre el asunto existen, es el propósito.

Sin embargo, la precitada crisis de los partidos políticos va más allá del escenario nacional. Todo parece indicar que es un problema mundial; no obstante, es más grave en nuestro subcontinente. Transfuguismo, fragilidad, fragmentación, mercantilización, clientelismo, volatilidad, personalización y, peor aún, desistimiento de su quehacer principal -la real práctica de la política-, son hoy problemas comunes a las organizaciones políticas del orbe. Lamentablemente, la situación de los partidos políticos de nuestro país parecería aún más grave que en otras latitudes.

Los partidos políticos, como colectividades de representación social, política y de gobierno, se han ido transmutando, a consecuencia de vicios diversos y prácticas contrarias a su prédica, en el propósito de acondicionarse a los nuevos tiempos del algoritmo y la exposición de la imagen como signo de status. Así, se hallan vaciados de contenido, de propósito colectivo y de concepción de la política; o simplemente han renunciado al esfuerzo de su quehacer representativo, cuando no a sus propios principios fundacionales.

Desde la doctrina social de la Iglesia Católica, el compromiso político se concibe como una expresión del deber cristiano en el mundo. Una de sus manifestaciones más relevantes es la participación en actividades políticas en las que los creyentes asumen sus responsabilidades como ciudadanos. La Iglesia enaltece entre sus santos a hombres y mujeres que dedicaron su vida a Dios mediante la solidaridad y la participación en acciones políticas y de gobierno. En este sentido, Santo Tomás Moro constituye un ejemplo paradigmático: supo expresar el recato de la conciencia, impugnó todo contubernio y testificó con su vida que «el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral». “El hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral”[1].

 

OBJETIVO DEL ESTUDIO

El presente estudio tiene como objetivo analizar la crisis de los partidos políticos en el Perú, entre otras, desde la perspectiva comunicacional, identificando cómo la pérdida de legitimidad, cohesión interna y credibilidad pública se relaciona con deficiencias en los procesos de comunicación política, institucional y social. Se busca comprender de qué manera las estrategias discursivas, los flujos informativos y las narrativas mediáticas han contribuido a la fragmentación del sistema partidario y a la desconfianza ciudadana frente a la política.

Desde las Ciencias de la Comunicación, este análisis implica reconocer que la crisis de los partidos no solo es de naturaleza estructural o ideológica, sino también comunicacional. La ausencia de una comunicación política ética, pedagógica y bidireccional ha deteriorado el vínculo entre representantes y ciudadanía, debilitando la función mediadora del lenguaje político en la esfera pública. Por tanto, el estudio pretende aportar una mirada interdisciplinaria que permita repensar la comunicación como herramienta de reconstrucción democrática, promoviendo prácticas comunicativas orientadas a la transparencia, el diálogo y la responsabilidad pública.

 

JUSTITICACIÓN

La crisis de los partidos políticos en el Perú constituye uno de los fenómenos más significativos y persistentes de la vida democrática contemporánea. La desconfianza ciudadana, la pérdida de legitimidad institucional y la fragmentación del sistema partidario reflejan no solo un deterioro estructural, sino también una profunda crisis comunicacional. En este contexto, las Ciencias de la Comunicación ofrecen un marco analítico idóneo para comprender cómo los procesos discursivos, las estrategias mediáticas y las prácticas comunicacionales inciden en la relación entre los partidos y la sociedad.

El estudio se justifica en la necesidad de revalorar la comunicación política como herramienta de reconstrucción democrática, entendida no solo como persuasión electoral, sino como un espacio de diálogo, formación ciudadana y responsabilidad pública. Desde esta perspectiva, examinar la comunicación en los partidos políticos peruanos permite evidenciar las carencias de una práctica comunicativa orientada al intercambio social y ético, y no meramente instrumental.

Asimismo, el abordaje comunicacional de la crisis partidaria contribuye a ampliar el campo teórico de las Ciencias de la Comunicación, integrando conceptos de legitimidad, discurso, poder simbólico y opinión pública. Este enfoque interdisciplinario no solo aporta a la comprensión académica del fenómeno político, sino que también ofrece insumos para el diseño de estrategias comunicacionales que fortalezcan la transparencia, la participación y la confianza institucional en el sistema democrático.

En suma, la investigación reviste relevancia teórica y social, pues permite repensar la función de la comunicación en la política peruana, aportando una mirada crítica y propositiva sobre el papel del lenguaje, los medios y las narrativas en la reconstrucción de la legitimidad democrática.

 

METODOLOGÍA

El estudio adopta un enfoque descriptivo y observacional para comprender la dinámica política sin manipular variables, privilegiando el análisis contextual y la interpretación discursiva. Dado que el objeto de estudio involucra prácticas sociales, simbólicas y mediáticas, este enfoque permite construir una visión integral sobre la legitimidad, cohesión y eficacia comunicacional de los partidos políticos. La investigación busca representar detalladamente una realidad específica, apoyándose en observaciones derivadas de una prolongada militancia política.

La metodología combina una revisión bibliográfica exhaustiva con observación participante, justificada por la experiencia directa en el ámbito político, lo que posibilita registrar prácticas reales de actores políticos. Esta perspectiva empírica complementa el análisis teórico y enriquece la comprensión de la crisis partidaria. La investigación es básica y descriptiva dentro del enfoque cualitativo, orientada a caracterizar dinámicas y prácticas comunicacionales sin formular hipótesis causales.

La observación participante se emplea como complemento de la evidencia documental, integrándose de forma sistemática, crítica y basada en criterios definidos. En paralelo, se aplican técnicas descriptivas como revisión documental, análisis de contenido, síntesis comparativa y codificación temática, que permiten ordenar y categorizar la información. El componente observacional también incorpora técnicas no participativas, como el registro sistemático y la triangulación de evidencias, para reforzar la validez interpretativa y evitar sesgos. En conjunto, estas herramientas metodológicas permiten una reconstrucción rigurosa y contextual de la crisis de representación partidaria.

 

LA CRISIS DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN EL PERÚ

·         Dimensión histórica: del sistema partidario al colapso institucional

El estudio de la crisis de los partidos políticos en el Perú debe situarse en una perspectiva histórica que explique el progresivo deterioro de la institucionalidad partidaria desde la segunda mitad del siglo XX. Durante la década de 1970, el país atravesó un proceso de ruptura del orden democrático a raíz del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado (1968–1975) y de Francisco Morales Bermúdez (1975–1980). Este periodo significó la prohibición de los partidos y la imposición de un discurso anti partido, que minó la confianza ciudadana en las organizaciones políticas (Pease, 2003).

Con el retorno a la democracia en 1980, los partidos tradicionales -Acción Popular, el APRA y la Izquierda Unida- recuperaron presencia institucional, pero su desempeño fue limitado por crisis económicas, violencia política y corrupción, lo que debilitó la representación y la cohesión social (Prieto Hemmingsen, 2010). La desafección ciudadana y la falta de resultados efectivos en materia económica y de seguridad prepararon el escenario para la irrupción de Alberto Fujimori en 1990, un outsider que canalizó el rechazo al sistema partidario.

El colapso del sistema de partidos se consolidó durante el régimen fujimorista (1990–2000), cuando se disolvió el Congreso, se desarticularon las organizaciones tradicionales y se instauró un modelo de gobernabilidad personalista y tecnocrática (Tanaka, 2005). Tras la caída del régimen, el periodo 2001–2025 se caracterizó por la fragmentación, la volatilidad electoral y la precariedad organizativa, dando paso a un “pluralismo sin partidos” (Levitsky & Cameron, 2003), donde las agrupaciones políticas se convirtieron en instrumentos electorales efímeros más que en estructuras de representación social.

·         Dimensión estructural: debilidades institucionales y causas persistentes

Desde una perspectiva estructural, la crisis partidaria peruana responde a factores históricos, normativos y culturales. La literatura coincide en señalar que la débil institucionalización de los partidos ha impedido su consolidación como mediadores entre Estado y sociedad (Tanaka, 2011; Pease, 2003).

En primer lugar, el anti-partidismo cultural arraigado en la sociedad peruana, reforzado por la experiencia autoritaria de los años setenta y noventa, ha contribuido a la erosión de la legitimidad política (Neyra, 2017). En segundo lugar, la Ley de Partidos Políticos Nº 28094 (2003) -diseñada para promover transparencia y democracia interna- no logró revertir la informalidad ni la dependencia de liderazgos personalistas (Herrera, 2019).

A ello se suma la fragmentación electoral y la proliferación de agrupaciones sin identidad ideológica, fenómeno que la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE, 2024) describe como una “atomización parlamentaria sin precedentes”. Entre 2001 y 2021, ningún partido ha superado el 20% de los votos válidos en primera vuelta presidencial, y el Congreso ha estado compuesto, en promedio, por más de diez bancadas con escasa cohesión (ONPE, 2024).

La ausencia de militancia orgánica, la captura clientelar de las candidaturas y el financiamiento opaco refuerzan la desconexión entre dirigencias políticas y ciudadanía (Prieto Hemmingsen, 2010). Esta situación perpetúa un círculo vicioso: la baja confianza ciudadana debilita a los partidos, y la debilidad de los partidos alimenta la desconfianza.

·         Dimensión analítica: representación, legitimidad y crisis democrática

Analíticamente, la crisis partidaria peruana refleja una crisis más amplia de representación democrática. Los partidos, al perder su capacidad de canalizar demandas sociales, han sido reemplazados por liderazgos personalistas, movimientos regionales y discursos antipolíticos. La ciudadanía percibe la política como un espacio de corrupción e ineficiencia, mientras los partidos actúan como plataformas electorales sin proyecto de nación (Neyra, 2017; Tanaka, 2011).

Esta desestructuración del sistema partidario ha tenido efectos directos sobre la gobernabilidad. Entre 2016 y 2023, el Perú vivió seis presidentes y múltiples Congresos fragmentados, en un contexto de vacancias, disoluciones y polarización. Ello muestra una inestabilidad crónica que deriva, en parte, de la imposibilidad de construir consensos sostenidos entre actores políticos (ONPE, 2024).

La persistencia de esta crisis obliga a replantear el papel de la comunicación política y la educación cívica en la reconstrucción democrática. Como señala Tanaka (2005), “no se trata solo de crear nuevos partidos, sino de reconstruir la confianza y la palabra política como espacios de responsabilidad pública”.

En suma, el Perú ha transitado de un sistema de partidos moderadamente competitivo a un escenario de descomposición institucional, representación frágil y democracia sin intermediarios. La superación de esta crisis requiere fortalecer la transparencia, la rendición de cuentas y la participación ciudadana informada.

 

PARTIDOS POLÍTICOS: IMPORTANCIA, PROPÓSITO Y FINALIDADES

Un partido político es una colectividad organizada y conformada bajo principios doctrinales que, en el marco de una determinada ideología, busca formular propuestas dirigidas a la sociedad y al Estado. Su propósito fundamental es contribuir a la solución de las carencias de la población y delinear las rutas de desarrollo que, desde su visión, debería emprender el país. A partir de estos planteamientos, el partido propicia un cotejo de ideas que favorece la deliberación pública y la formación de consensos en torno a los asuntos de interés general.

Los partidos políticos, además de agrupar y sumar voluntades, actúan como sustentáculos del sistema democrático. Su papel no se limita a la representación electoral: también deben inculcar conciencia cívica y sensibilidad social en sus militantes y simpatizantes, fomentando una cultura política basada en la responsabilidad y la participación. Asimismo, deben apostar por una mejora continua de sus cuadros dirigentes, nutrirse de sus mejores elementos y garantizar procesos de formación y renovación política permanente.

Cumplir con estos fines exige una estructura orgánica sólida, un sistema de selección y formación constante de sus cuadros políticos, y una actividad sostenida que les permita generar ideología, canalizar las demandas ciudadanas y traducirlas en políticas públicas. De esta manera, los partidos pueden formular planteamientos políticos coherentes y cumplir con eficacia la función que les corresponde ejercer desde el Estado en su calidad de tomadores de decisión.

Más allá de sus tareas organizativas, la labor primordial de todo partido político debe orientarse a fortalecer y facilitar el desarrollo del sistema democrático. Ello requiere una capacidad de propuesta, pero también una actitud tolerante y dialogante, capaz de tender puentes entre la sociedad y el Estado, cimentar consensos y favorecer espacios de debate constructivo y edificante.

 

PARTIDOS POLÍTICOS: PALABRA Y OBRA

Sartori (2001) precisa que se les llama partidos porque son “partes”. Más aún, sostiene que el desacuerdo y la pluralidad son buenos para el cuerpo social, y para la sociedad política, destacando que ello está bien que sea así, por partes, por cuanto la sociedad política está compuesta igualmente por fragmentos (p. 23).

En concordancia con lo que hemos sostenido en párrafos anteriores, un partido político es una colectividad organizada y formada bajo principios doctrinales que formula iniciativas ante la sociedad y el Estado, a efecto de ayudar a la solución de las necesidades de la nación. Además de hallar puntos de encuentro, construir consensos y establecer espacios de debate para esbozar las líneas matrices de desarrollo que deban encausar al país.

Un partido político, así como es palabra es obra; al tiempo que es ideología es organización, propuesta y movilización social. Es un concierto de voluntades enmarcadas por ideas fuerza que, así como les establece un sustento teórico les demanda ética, moralidad y categórica actitud frente a los asuntos que reclama la nación. Un partido es obra de permanente debate, sesudo y sereno, es tarea de organización constante en el ideal de construir un país de ciudadanos no solo con derechos, sino también con obligaciones. Un país con justicia social e igualdad de oportunidades.

El objeto de la ideología es encuadrar al partido político y consolidarlo como una colectividad de pensamiento común. Entre tanto, la ausencia de líneas matrices, de ideología, muda a las organizaciones en convergencia de voluntades, en movimientos patrimoniales y cuya permanencia en el escenario político está regida por el arresto de su fundador y líder. Sin líneas matrices, sin un marco ideológico conceptual, el adelanto del país está sumido en la improvisación y la aventura. Sin ideología una colectividad política carece de visión compartida y unidad de acción, marcha a la deriva y responde conforme a la coyuntura.

Pero si la ideología es trascendental lo es en esa misma medida la acción político-partidaria, la organización y movilización constante, la formación de cuadros, la presencia permanente al interior del territorio, la creación de un vínculo de contribución económica desde la militancia, buscando con ello crear un sentimiento de pertenencia. Sobre esto último hay que anotar que las asociaciones que tienen mayor y mejor performance en la sociedad son aquellas que no solo se sienten comprometidas con su accionar sino también con su auto sostenimiento, con la contribución económica de sus miembros.

Los partidos políticos -sus dirigentes y militantes- deben saber la realidad del país, conocer de su problemática, de sus costumbres, de su religión, etc.; deben recorrer el país e interactuar con los diversos grupos sociales en cada región, los mismos que en un espacio tan disímil como el nuestro diverge en su cosmovisión y entendimiento de la democracia y de la política … de la igualdad y la justicia social. Deben sus cuadros políticos y técnicos aprender a “leer” e interpretar a la sociedad en sus diversos espacios, sus reclamos, sus necesidades y sus propuestas de solución, es necesario sistematizar la información para no bosquejar soluciones lejanas a la realidad.

El escaso conocimiento que del país real tienen los partidos políticos y sus dirigentes los conduce, en no pocas oportunidades, a una sesgada y capitalina formulación de propuestas que no llegan a englobar al país multirracial, multilingüe y pluricultural al que aspiran conducir. Aquel precario conocimiento, al tiempo de alejar a los partidos del “país real”, facilita la acción de los liderazgos apátridas -verdaderos caciques- que hacen de la desilusión y abandono de nuestras poblaciones la oportunidad para cebar sus ajadas propuestas.

Solo interactuando con la pluralidad de nuestras poblaciones, y conociendo de sus usos y costumbres, los partidos han de alcanzar las habilidades comunicativas, ineludibles entre los políticos.

 

COMUNICACIÓN: EROSIÓN DE LA CREDIBILIDAD, COHESIÓN Y LEGITIMIDAD

En el contexto nacional, desacreditado por la desconfianza ciudadana, la inexistencia de institucionalidad y la descomposición del sistema político, los partidos políticos y grupos patrimoniales enfrentan un desafío sustancial y con frecuencia soslayado: la comunicación política efectiva y asertiva. Esa falencia se traduce en la ausencia de un dietario comunicacional y, peor aún, en la omisión de un discurso corporativo consistente.

Es así como, en el contexto de la crisis de los partidos políticos y su diagnóstico estructural y comunicacional, se revisan las principales investigaciones sobre el debilitamiento de los partidos analizando la pérdida de ideologías coherentes, la volatilidad electoral, la personalización del liderazgo y la débil institucionalización interna. Desde la perspectiva comunicacional, estos fenómenos revelan la incapacidad de los partidos para mantener una narrativa política estable y significativa ante la ciudadanía.

Debe subrayarse que la comunicación política constituye el puente simbólico entre instituciones y ciudadanos. Cuando este vínculo se erosiona, la legitimidad democrática se debilita. El déficit comunicativo de los partidos se evidencia en discursos centrados en la confrontación, la improvisación y la ausencia de pedagogía cívica. La falta de coherencia narrativa y de estrategias de diálogo público genera desafección política y desinterés ciudadano.

Los medios de comunicación también inciden en la crisis partidaria, amplificando narrativas de descrédito o escándalo político. El estudio observa cómo la cobertura mediática, muchas veces fragmentaria o sensacionalista, refuerza la percepción de corrupción y desconfianza, debilitando aún más la relación entre representantes y electores.

Superar la crisis exige repensar la comunicación política como un proceso ético, inclusivo y transparente. La pedagogía comunicacional debe orientarse a reconstruir la confianza, fomentar la deliberación pública y promover la participación ciudadana informada. La palabra política debe recuperar su sentido de compromiso y responsabilidad pública.

·         La comunicación: pensamiento y discurso como ligadura inherente

La comunicación, sostiene Fedor Simón (2016), se da a través de un mecanismo de lenguaje que se utiliza para la transmisión de contenido; pensamiento y discurso que forman un vínculo indivisible. Dicha aptitud del individuo se basa en la transmisión de datos y en un conjunto de elementos complementarios: tesis, emociones, argumentos, escucha y, sobre todo, la capacidad de articular de tal manera el mensaje que, resultando coherente, devenga convincente. Así, el emisor y el receptor alcanzan un adecuado entendimiento. García (2012) agrega que la comunicación auditivo-oral es “un acto único y creativo” que, con sus perspectivas razonadas, sensibles y corpóreas, atesora un saber que supera el millón de años (p. 15). En consecuencia, la comunicación constituye un nexo esencial entre las organizaciones políticas, sus representados y la población.

No obstante, dicho vínculo hoy es inexistente, no solo por la subestimación que los partidos y organizaciones políticas hacen de la comunicación, sino, sustantivamente, porque los liderazgos muestran una perturbadora escasez idiomática y una desdichada oralidad. El decurso de la historia política reciente del país muestra el tránsito desde el estructurado, coherente y convincente discurso político -que antaño fueran magistrales piezas oratorias- hacia una calamitosa y balbuciente mojiganga. Se ha circulado de la elocuencia a la afasia.

Enunciar un conjunto de ideas ordenadas, lógicas y persuasivas en un proceso de comunicación política demanda, como condición sine qua non, claridad de pensamiento que transfiera un discurso ideológico lúcido. Esa condición, ausente en los actuales partidos y movimientos patrimoniales, limita la comunicación y genera espacios intrincados donde difícilmente la acción corresponde al discurso.

Cassirer (2016) señala que la conceptualización determina el grado en que “la lógica y la filosofía del lenguaje se tocan más de cerca, pareciendo fundirse en una unidad inseparable”. La verdad, añade, no se encuentra en las cosas ni en las ideas, sino “en la conexión de los signos, especialmente de los signos fonéticos” (p. 207).

En la misma línea, Lorenz –citado en Garzón (2001) – sostiene que la cultura es consecuencia de la comunicación y la transferencia de conocimientos. Con la cultura sobrevino la perennidad del pensamiento y de la ilustración. No obstante, advierte que la cultura puede morir, aunque los hombres permanezcan, fenómeno que hoy nos desafía, pues el desarrollo y la acumulación del conocimiento requieren de capacidades y habilidades de las que adolece la casta dirigente encumbrada en lo que se pretende llamar partidos políticos (p. 16).

·         Crisis comunicacional y pérdida de legitimidad

La comunicación política se constituye en uno de los pilares fundamentales para el fortalecimiento de la democracia y la legitimidad de los partidos políticos. En tanto mecanismo de interacción entre las organizaciones partidarias, sus militantes y la ciudadanía, la comunicación configura el espacio simbólico donde se construyen los consensos, se legitiman las propuestas y se consolidan las identidades políticas (McQuail, 2010). Sin embargo, en el contexto peruano, la comunicación partidaria atraviesa una profunda precariedad institucional y discursiva, reflejo de la crisis estructural de los propios partidos.

La comunicación no solo transmite mensajes; constituye una herramienta de legitimación política. En sistemas democráticos consolidados, los partidos utilizan la comunicación para socializar valores, promover la deliberación y articular demandas ciudadanas. No obstante, en el Perú, esta suele orientarse a la autopromoción del liderazgo antes que al fortalecimiento del ideario colectivo.

Según Sartori (2001), la comunicación política moderna tiende a reducirse a “la apariencia y la imagen” (p. 37), fenómeno que en el país se evidencia en la creciente mediatización y banalización del discurso político, donde los mensajes han perdido contenido programático y se subordinan a la lógica del marketing político, cuando no electoral.

Históricamente, el discurso político peruano transitó desde una elocuencia doctrinaria y programática –propia de los partidos de masas del siglo XX– hacia una comunicación instrumental, emocional y efímera. Fedor Simón (2016) sostiene que la comunicación política eficaz requiere un lenguaje coherente, estructurado y persuasivo, capaz de generar comprensión mutua entre emisor y receptor. En contraposición, el panorama partidario actual revela una afasia política, caracterizada por la ausencia de propuestas sólidas y el predominio del eslogan sobre el argumento.

Ese vaciamiento discursivo ha tenido como consecuencia la pérdida de confianza ciudadana, la desideologización y la fragmentación del sistema de partidos. Bennett y Livingston (2018) agregan que “la abundancia de canales de comunicación y el declive de los guardianes tradicionales de la información permiten que narrativas alternativas y a menudo corrosivas lleguen a grandes audiencias, posibilitando la organización de movimientos que desafían las normas democráticas”.

·         Transformación digital y precariedad comunicativa

En correspondencia con lo anterior, las últimas décadas han visto cómo las redes digitales transformaron la forma en que los partidos políticos peruanos se comunican. Plataformas como Facebook, X (antes Twitter) e Instagram se han convertido en los principales medios de contacto con la población. Sin embargo, esta transición no ha significado una mejora cualitativa del discurso, sino una amplificación de la polarización y la desinformación.

Autores como Castells (2009) y Bennett & Livingston (2018) advierten que la comunicación digital puede fortalecer la participación, pero también profundizar la manipulación informativa y la personalización del mensaje. En el caso peruano, la precariedad institucional ha llevado a los partidos a depender de estrategias digitales improvisadas, carentes de contenido doctrinario y sin una narrativa unificada.

La crisis comunicacional no se limita al ámbito externo. También existe una deficiente comunicación interna, marcada por la ausencia de canales formales de deliberación y el autoritarismo de los liderazgos. Las decisiones suelen centralizarse en un reducido núcleo dirigente, lo que impide la retroalimentación entre militantes y conducción político-organizacional. Ello contribuye a la pérdida de cohesión y a la desafección militante, debilitando la institucionalidad democrática del sistema partidario.

·         El discurso político y los medios de comunicación

Para profundizar el análisis del discurso político, es necesario contextualizarlo en la realidad social, es decir, en entornos donde el individuo se forma y forja sus valores (Steel, 2003). La cultura, como señala Peschard (2000), forma parte del comportamiento político al generar identidad social mediante símbolos que evocan emociones dentro del imaginario colectivo.

La personalización del liderazgo político, tratada como una marca comercial, ha evolucionado hacia la construcción de una imagen individual que representa al partido o la ideología (Mazzoleni, 2010). Asimismo, Van Dijk (2004) explica que el discurso político expresa y reproduce relaciones de poder, siendo vehículo de dominación o desigualdad social a través del lenguaje.

En este sentido, el comercialismo de los medios informativos, al privilegiar el infoentretenimiento y evitar la cobertura reflexiva (Echeverría, 2018), incide directamente en la opinión pública, la cual actúa como contrapeso al poder político, apoyando o sancionando liderazgos. Como advierte Ceri, citada en Mazzoleni (2010), “la opinión pública, en cuanto opinión en público, influye en la opinión del público”.

Como corolario de lo anteriormente señalado debe anotarse que la comunicación política debe ser rescatada como una herramienta de reconstrucción democrática. El desafío para los partidos y organizaciones políticas radica en transitar de una comunicación persuasiva y clientelar hacia una comunicación pedagógica, ética y programática. Recuperar la palabra política -como acto de compromiso, diálogo y responsabilidad pública- es condición indispensable para la reconstrucción de la legitimidad, la cohesión y la credibilidad institucional.

·         Comunicación: carente alineamiento y desintegración

-          De la comunicación interna

Como consecuencia de la fragmentación y baja institucionalidad partidaria, la comunicación interna, en la mayoría de los partidos y organizaciones políticas nacionales, presenta características de desorganización, personalismo y baja sistematicidad. En adición a ello, la estructura y canales de información no son precisamente orgánicos.

De otro lado, predomina una comunicación vertical, centrada en las decisiones de los líderes, sin procesos deliberativos sólidos entre las bases, comités regionales o juventudes partidarias. Los canales formales (actas, boletines, reuniones periódicas) suelen ser reemplazados por mecanismos informales como chats de WhatsApp, correos o improvisados mensajes. No existen áreas profesionalizadas de comunicación política interna ni protocolos que garanticen coherencia organizativa o retroalimentación.

La comunicación interna rara vez se usa como instrumento de formación política o cohesión doctrinaria generando así un déficit de producción y alineamiento ideológico. Las bases partidarias, militantes y simpatizantes carecen de espacios sistemáticos para recibir lineamientos ideológicos, programáticos o éticos, hecho que genera fragmentación discursiva: cada actor transmite mensajes distintos, muchas veces contradictorios, lo que debilita la identidad institucional. Las consecuencias de ello se traducen en: falta de unidad narrativa y pérdida de sentido de pertenencia; escasa participación en la toma de decisiones, y dependencia del liderazgo individual antes que de una estructura comunicacional colectiva.

-          De la comunicación externa

De otro lado, la comunicación externa observa un predominio mediático y coyuntural, se caracteriza por ser instrumental, circunstancial y reactiva. Por lo general, los partidos y organizaciones políticas suelen activar su comunicación solo en periodos electorales, priorizando la persuasión mediática sobre el diálogo ciudadano. Siendo así, la comunicación se reduce a campañas publicitarias, spots, redes sociales y conferencias de prensa, sin continuidad ni contenido pedagógico, predomina un modelo de comunicación unidireccional, centrado en transmitir mensajes para captar votos, no para promover reflexión política o participación social.

A partir de aquello, la relación con los medios de comunicación es estratégica y reactiva, y busca visibilidad o control de daños ante escándalos o crisis. En muchos casos, los partidos carecen de portavoces preparados o de políticas comunicacionales coherentes. Todo ello refuerza la imagen de improvisación, falta de transparencia y distancia con la ciudadanía.

-          Del uso de redes sociales

En los últimos años, el uso de redes digitales (Facebook, X/Twitter, TikTok) ha crecido, pero con un enfoque superficial y personalista. Las cuentas partidarias reproducen discursos emocionales o confrontativos, más orientados al ataque y desmerecimiento del opositor político que a la deliberación pública de asuntos trascendentes que atañen al devenir del país. Así, rara vez se generan espacios de interacción real o escucha activa con los seguidores.

·         Desde la perspectiva de las Ciencias de la Comunicación

A partir del punto de vista comunicacional, el comportamiento de los partidos y movimientos políticos nacionales evidencia tres grandes problemas estructurales:

a.    Ausencia de cultura comunicativa organizacional: la comunicación no se concibe como un proceso estratégico de gestión del conocimiento, sino como una tarea puntual de propaganda o relaciones públicas.

b.   Déficit ético y pedagógico: la comunicación no cumple una función educativa ni formativa; se instrumentaliza para fines coyunturales.

c.    Desconexión entre discurso y práctica: existe una brecha entre el mensaje público (valores democráticos, diálogo, inclusión) y las prácticas internas (autoritarismo, opacidad, improvisación).

Como secuela de lo antes descrito, la comunicación política de los partidos no construye comunidad ni legitimidad, sino que reproduce la desconfianza social. Revertir esta situación requiere institucionalizar la comunicación como un eje transversal de la gestión partidaria: planificada, ética, bidireccional y orientada al bien público.

En suma, los partidos y organizaciones políticas manejan su comunicación de manera reactiva, fragmentada y personalista, tanto al interior como hacia la ciudadanía. Mientras la comunicación interna se caracteriza por la ausencia de coordinación y cohesión ideológica, la comunicación externa se centra en campañas efímeras y sustantivamente de visibilidad electoral. Desde las Ciencias de la Comunicación, el desafío consiste en redefinir la comunicación partidaria como espacio de diálogo social, donde el mensaje político se vincule con valores democráticos, pedagogía ciudadana y participación crítica.

 

PARTIDOS POLÍTICOS: VICIOS, FRAGMENTACIÓN… VACIAMIENTO

La crisis de los partidos en el Perú tiene antecedentes, y no necesariamente está coligada con la crisis del sistema democrático, los aprietos de aquellas organizaciones es la manifestación de su inhabilidad para encarnar en el ámbito político la diversidad y pluriculturalidad de nuestra sociedad. Sobre el particular, Degregori (1991) refiere la inexistencia de un partido político que acumule el vasto magisterio y lo transforme en proyecto nacional, en opción nacional que alcance a ser gobierno tras acumular toda la práctica democrática acrecentada en décadas de disputa por derechos primordiales (p. 185). Aquella crisis se agiganta si los partidos no terminan por ser la organización política que se apunta a una ideología explícita y representa algún segmento social determinado; si no asume el rol de favorecer de un modo tolerante y democrático a la corrección y claridad del quehacer político y a la construcción de ciudadanía. El deterioro de los partidos políticos entonces no es acción de la política per se, acaso más bien de quienes -en su afán de practicarla- incurrieron en comportamientos y ejercicios que concluyeron con afectar su credibilidad, la estructura organizacional, y no pocas veces contravinieron la declaración fundacional de aquellos. A su turno, Flores Galindo (2007) señala la responsabilidad de quienes concentraron sus esfuerzos en luchas intestinas y de secta, en el inmediatismo y en la contienda por lo que denomina “el poder minúsculo” (p. 387).

Identificar algunos vicios, ausencias y vaciamientos y reseñarlos no busca descalificar la política como actividad de servicio y compromiso social, pretende sí que se evalúen autocríticamente de modo que sean remediados en el propósito de retornar al quehacer político la valoración que tuvo en su carácter de desprendida entrega en favor del prójimo.

 

§  Mesianismo

La formulación de ordenadas ideas y opiniones, la sobrevaloración de las potencialidades personales y la capacidad de convencimiento y encendida oratoria de algunos pocos políticos ha dado pie a que estos busquen ser reconocidos como el “mesías” que habrá de liberar al pueblo de la opresión a la vez que satisfacer sus necesidades. A ello se suma la parafernalia y simbología creada exprofeso para concienciar a los seguidores y quebrantar su capacidad crítica a cambio de férrea lealtad y sumiso accionar.

En nuestro medio es la Alianza Popular Revolucionaria Americana-APRA que buscó convertir a la figura de Víctor Raúl Haya de La Torre en el “salvador”, a ello abona toda la simbología que el Partido Aprista construyó en el propósito de fidelizar a sus seguidores: “peruanos abrazad la nueva religión, la Alianza Popular conquistará la ansiada redención”, son algunos de los versos del himno aprista, que describen como es que, al decir de un connotado discípulo suyo, “Haya supo hacer del APRA una suerte de un movimiento de religiosidad política”[2].

“Redentores” en un sentido crítico, irónico, sostiene Krauze (2012), es la transmisión de esta expresión típica para la esfera religiosa, donde está afinadamente comprendida y es parte de un monoteísmo histórico, para la esfera política, en la que el mesianismo refleja riesgos muy altos. Es la condensación de poder en manos de un liderazgo fuerte y carismático y al que también lo llama un culto a la personalidad, y de quien la gente espera amparo y salvación. El “salvador” es una persona predestinada que se caracteriza por un enlace diario y apasionado con la ideología. El entusiasmo revolucionario en América Latina ha estado compendiado: es un líder doctrinal, carismático, que personifica la salvación de las personas. ¡Solo Dios salvará mi alma! ¡Solo el aprismo salvará al Perú!, habría sido la proclama que expresaran los apristas antes de ser fusilados tras la revolución de Trujillo, en 1932. Más tarde, aquella arenga se simplificaría para luego dar paso al famoso saludo aprista: ¡SEASAP!: Sólo El Aprismo Salvará Al Perú.

 

 Cotler (1994) anota que Haya de la Torre, líder indiscutible y fundador del partido - títulos que lo acompañan hasta después de su muerte – se cercó de representantes de diversos sectores sociales en tanto guardaran como cualidad partidaria la lealtad personal. Así, el jefe mediaba y zanjaba entre las distintas simpatías que el partido reunía, vigilando de no beneficiar de manera continuada a ninguna corriente en específica y, al contrario, gestionando conservarlas en un consistente estado de tensión a efecto de afirmar su centralidad. Representó de manera invariable la característica conducta de los jefes patrimoniales. La potestad de Haya de la Torre para dar disposiciones irrefutables y determinar la doctrina "indiscutible" concluyó en una formalizada adoración a su carismático liderazgo, a un claro culto a la personalidad, que le concedió cabida para desplegar decisiones sin el conocimiento y en oposición a las voces y manifestaciones de destacados militantes y dirigentes partidarios, quienes debieron justificarlas porque, tácitamente, manifestaban las ilustradas consideraciones del jefe (pp. 147-148). Víctor Raúl Haya de La Torre, que condujo los destinos del APRA desde su fundación el 7 de mayo de 1924 hasta poco antes de su muerte el 2 de agosto de 1979, no solo fue el fundador del partido, en la consideración de la militancia y simpatizantes, además del Jefe fue también el Maestro, el Guía.

La mesiánica conducción del aprismo, tras la muerte de su fundador y líder, sumergió al partido en una crisis de la que, casi cincuenta años después, no logra recuperarse.

 

§  Caudillismo

Es recurrente descubrir entre los partidos políticos normas y reglamentos que conceden poder facultativo a sus presidentes o secretarios generales para que estos puedan actuar en virtud de su buen criterio y sin necesidad de consultar al colectivo, actuando como jefes patrimoniales.

Esta particular conducción política, a la vez que describe una personalidad intensa del líder refiere también pasividad y genuflexión de sus seguidores. La connotación de caudillo no es otra que la del jefe absoluto, la del dictador político.

En torno al asunto de los partidos en el Perú, el caudillismo ha existido y existe en más de una organización política. Partidos políticos como Acción Popular, Partido Popular Cristiano, Partido Comunista del Perú, Renovación Popular, Alianza para el Progreso, Fuerza Popular, entre otros, han tenido y tienen liderazgos con innegables rasgos de caudillismo. Los cualifica el persistir en su puesto por un extenso periodo, establecer correlaciones que favorezcan su continuidad y permanencia en el cargo, que presidan de modo autocrático y no admitan posición crítica, observar una concepción de pertenencia del partido, y utilizar su condición para beneficio personal: reconocimiento de “líder natural”. El asumir el partido como su patrimonio.

Todo ello describe un poder autónomo libre de cualquier organismo y control, describe caudillismo en tanto su legitimidad la representa su exclusiva persona.

 

§  Ideologización

La ideologización con que actuaron los partidos, principalmente de izquierda, terminó por colocarlos de espaldas a la realidad, al tiempo que los condujo a un inevitable aislamiento. Flores Galindo (2007) refiere que se concentraron en “Polémicas sobre palabras. Discusiones alambicadas sobre textos con la casi total prescindencia de la realidad. Y, sobre todo, una escasa novedad: repeticiones con variantes más o menos duras de Lenin y Mao” (p. 221).

Los partidos se dejaron llevar por la ideologización, convencidos que podrían voltear la tortilla en función a sus singulares puntos de vista, el resultado fue deleznable. La ideología se enseñoreó y acarreó el afianzamiento de los sectarismos, se lacraron las puertas del diálogo y el entendimiento. Múltiples y radicales liderazgos se posicionaron de su pequeña capilla y la posibilidad de generar consensos quedó trunca por años. Lamentablemente la resaca de aquel periodoperiodo de ideologización aún llega a algunos círculos, felizmente, con menguada resonancia.

Los liderazgos de entonces no entendieron que la ideología es tan solo el resultado de la interpretación de un tiempo y espacio histórico y que en consecuencia esta no se copia si no que se procesa, se asimila y se adapta. Hacer lo contrario es tan solo remedo, parodia.

Más adelante aquel esquematismo ideológico generaría en la izquierda, que debido a su entendimiento lineal mayoritariamente validaba la vía insurreccional para la toma del poder, una “crisis existencial” ante la emergencia de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru-MRTA.

 

§  Carencia de propuesta

Si la ideologización conllevó a los partidos políticos a desatender el contexto y los condujo al ascetismo, la carencia de una propuesta de Plan de Gobierno -hecho que devela el solo proceder de agitación y propaganda- es otro aspecto culminante que las organizaciones políticas soslayaron. Y es que los partidos políticos deben constituirse no solo para la adopción de un rol contestatario y de oposición, la razón del actuar de los partidos es establecerse en opción de gobierno, en tenaz aspirante al poder que, delineando razonables políticas de desarrollo y gestión de lo que Basadre (1981) refiere como la urdimbre administrativa (p. 36), conduzca a la Nación hacia el progreso y subsecuente mejora de su calidad de vida.

Propuesta de Plan de Gobierno que, identificando las necesidades de la población e incorporando a los sectores productivos, entre otros a los informales, se oriente a darle valor agregado a nuestra variada producción, conducente ello a superar nuestro estatus de país primario exportador -más aún si contamos con experiencia y múltiples capacidades competitivas-, al tiempo de incorporar a la economía formal a ese alto porcentaje de connacionales que se mantienen al margen y cuya situación afecta negativamente el crecimiento económico, la productividad y el bienestar social.

Aquella ausencia de propuesta en la práctica se traduce en improvisación, en una conducción errática, que responde a particulares enfoques antes que a una orientación certera y responsable manejo del país.

 

§  Dogmatismo, mecanicismo, utilitarismo

La política real demanda de una práctica exenta de dogmas y grandilocuencias, requiere de una praxis distante de mecanicismo y esquematismo.

A pesar del histórico llamado que desde sus escritos formulara José Carlos Mariátegui a construir nuestras propuestas políticas en el marco de la elaboración propia, ajustada a nuestra realidad y con nuestros propios enunciados, la situación muestra cómo es que los partidos, principalmente de izquierda, hicieron del traslado irreflexivo de ideología y propuestas una recurrente experiencia, además del afán de imposición de ellas. Una vez más, Flores Galindo (2007) apunta que las realizadas lecturas se acompañaron de una encandilada certitud de los textos. Una realidad cambiante forzó a quienes se oponían a quedarse rezagados a guarecerse en un doctrinario más firme e intransigente. La izquierda marxista calcó el leninismo que se resumía en el texto de ¿Qué hacer? La disposición entonces fue trasladar la teoría a la clase obrera, al tiempo que la conciencia de clase se introducía mientras que los conductores eran los doctos. En la preparación de los trabajadores se realzaba la lectura y la discusión de contenidos tras lo cual la decisión final recaía en el letrado. Existía así una relación diferenciada (pp. 218, 219).

No obstante, acontecía en la izquierda que, a pesar de la copia y el galimatías de nociones que manejaba, se configuró un importante acercamiento entre esta y los sindicatos y movimientos campesinos, como correlato del trabajo de organización. Sin embargo; en más de un caso, se omitió la premisa de que el partido es una bisagra entre la realidad y la acción consciente. Tal vez, por oposición, ser de una parte impidió colaborar por el bien de todos.

La derecha en cambio, soportada en su poder económico, soslayó el trabajo organizativo de partido y tendió siempre a concentrar el poder de este en el líder y fundador; a diferencia de la izquierda los comités de los partidos de derecha en el interior del país eran muy débiles y muchas veces inexistentes.

Las representaciones congresales de izquierda provenían de su militancia, en los partidos de derecha aquellas eran constituidas por citadinos personajes ilustres o bien de provincianos asentados en la capital -desde décadas- con importante red social y poder económico en su lugar de origen. La izquierda optó en su momento por la organización mientras la derecha continuó utilizando a su raleada base social.

Si aquello ocurría en la izquierda en las tiendas de derecha la cosa no era menos dramática. Ballón Echegaray (1987) refiere que los grupos políticos de orientación conservadora en ninguna época mostraron interés en la marcha de una ordenación política sólida. Sin preocupación y con poco interés en alcanzar el mandato de la ciudadanía, se habituaron a zanjar los asuntos políticos y económicos a través del uso del poder estatal. Ese es otro motivo de su exigua institucionalización (p. 106).

 

§  Ausencia de inclusión, escasa presencia del “país real”

La aparición en la escena político-social del llamado sujeto popular, de lo que Neira (2006) denomina “actores emergentes” (p. 55), hizo perder el alineamiento en los partidos políticos que no tuvieron ideada la estrategia para incorporar a estos nuevos actores políticos e interpretarlos y representarlos adecuadamente. Los partidos se mostraron forzados a modificar sus modos de correspondencia con los sectores populares emergentes, se vieron obligados a agregar en sus formas políticas ingredientes de populismo en su relación con la sociedad.

La cuestión medular radicaba en que los partidos no conectaban -y aun no conectan- con los nuevos sectores sociales. Aquellos sectores populares requerían dejar sentada su presencia; sin embargo, los partidos estaban lejos de poder acogerlos y personificarlos. Se trataba de no exponer una correlación de fuerzas que pusiera en entredicho el liderazgo de la intelectualidad citadina.

En el trabajo de agregar a los sectores populares a las formas de conducción existentes se fue generando alguna tirantez al interno de las organizaciones partidarias. La dicotomía: partido de cuadros versus partido de masas fue uno de los asuntos neurálgicos en las varias discusiones. El propósito de mantener el control y manejo elitista del partido implicaba la negación de la trascendencia del sujeto popular, a la vez que la impugnación de la necesidad de incorporar al país real. Ello obligaría a delinear y construir nuevas correlaciones y, por qué no, nuevas representaciones políticas. Por un periodo se establece una atmósfera de compulsa entre dirigencias que operaban para preservar su liderazgo y los sectores populares que demandaban espacio y representación en los estamentos partidarios. Sin lugar a duda aquel propósito, si se alcanzó, fue inconsistente y transitorio; se desperdiciaron así capacidades profesionales elementales a todo equipo dirigente, conductor, líder; quedó la chapucería a cargo “el imprescindible”. De allí que surgieran briosos los movimientos “independientes”.

Tras el debilitamiento institucional de los partidos y la llegada del fujimorismo, se produjo en aquellos una diáspora que terminó provocando que los cuadros que dedicaran su vida al activismo político buscaran reasentarse y re-posicionarse para financiar su subsistencia; mudaron entonces hacia las organizaciones no gubernamentales (ONG). Gran parte de aquellas constituidas ONG se orientaron a dar servicios y atender la demanda directa a sectores de la población; surgen en aquel momento ONG especializadas en asuntos laborales, género, agrarios, mineros, etc. Se fue diluyendo la militancia casi imperceptiblemente, se fue disolviendo el sujeto popular, hasta perder sus contornos, sin autocrítica central -con claridad y sin complejos- y, sobre todo, sin redefinición de bases y proceder político que hicieran más duraderos los vínculos con aquello que se pretendió representar. Así, aquellas ONG se fueron convirtiendo en la plataforma de las reivindicaciones populares quietándole protagonismo y a los líderes sindicales y planteando alternativas que le dieran más concesiones y manejo que a los gremios.

Todo parece indicar que, a pesar de la experiencia y los reiterados fiascos, no hicieron suyas aquellas premisas tan valiosas y propias de la práctica política serena y responsable, y que ubica a quien las asume en las antípodas de toda intransigencia estéril: dialogar no es pactar, llegar a acuerdos no es traicionar. El principio de aquellas formulaciones es: ganar el poder con hegemonía en ética y valores, no “asaltarlo”.

 

§  Luchas intestinas, ausencia de pluralismos y democracia interna

Así como los partidos congregan a sus seguidores, la política y sus interpretaciones los divide y en muchas oportunidades los enfrasca en desgastantes luchas intestinas que no pocas veces concluyen con el fraccionamiento de la organización. Una de las causas frecuentes de estos desencuentros radica en la muchas veces violentada democracia interna como producto del desconocimiento del necesario pluralismo.

Una vez más los intereses personales y liderazgo patronal en los partidos lleva a constreñir al interno la democracia que a viva voz se demanda en calles y plazas. El proceder antidemocrático de enquistadas dirigencias partidarias busca siempre imponer las simpatías y la decisión del “líder natural” en desmedro del derecho de militantes de base - muchas veces de origen provinciano- a un cargo partidario y, peor aún, a una representación política. Los partidos no siempre consiguen procesar las opiniones individuales de forma que repercutan -encauzadas- en las opiniones del grupo, respetando las tendencias y desestimando las ambiciones personales; no pocas veces se soslaya la importancia de trascender como colectivo. “todos los ordenamientos políticos siempre han desplegado en su interior grupos en una lucha despiadada entre sí” (Sartori, 2001, p. 24).

Sin embargo, ante tal complicación las disputas al interno de las organizaciones partidarias suelen acontecer repetidamente y, muchas veces, dejando de lado los principios partidarios, obedecen a asuntos nimios, a erradas y esquemáticas interpretaciones ideológicas, a estrechas lealtades individuales antes que generosa fidelidad a los valores institucionales; y, de modo recurrente a la radicalización de un segmento de la militancia.

 

§  Fragmentación

La crisis por la que atraviesan los partidos políticos es la resultante de lo actuado por sus respectivas conducciones que, desde hace mucho, se han desenfocado de su real tarea y renunciado a la búsqueda de acuerdos y consensos tendientes a desarrollar su labor política en aras de construir un proyecto en beneficio de las mayorías nacionales. El referido trance, consecuencia de la negación de la democracia interna y el inevitable pluralismo, los ha llevado a una paulatina fragmentación y en consecuencia a su atomización, “Pero estos grupos en política se llaman facciones. Entonces, ¿cómo es que las facciones se transforman en partidos? El nombre cambia porque el objeto cambia” (Sartori, 2001, p. 24).

Como secuela de ello, en el país la heterogeneidad de partidos se ha incrementado y en consecuencia la calidad de estos y sus delegaciones ha devenido en paupérrima. Sobre el asunto, Sartori (2001) señala que:

“Fuera del pluralismo el partir, el dividirse y tomar partido, es nocivo, y ser parte contra el todo, en perjuicio del todo, es facción. Solo con el pluralismo cabe concebir el dividirse como “bueno”, y así los partidos aparecen como partes de un todo, como componentes positivos de su todo” (p. 25).

Tal hecho, a su vez, ha llevado a la diáspora del voto con lo cual las mayorías resultan frágiles, si no ilegítimas. Boyco et al. (2025) sostiene que el aumento del número de partidos podría considerarse como una expresión de evolución. No obstante, varias de esas formaciones encubren añejos rostros de la política que buscan renovarse a partir de noveles espacios electorales. Esa perseverancia aparenta una desarrollada destreza que no necesariamente es la consecuencia de una dilatada vida política. Una amplia trayectoria no precisamente implica mayor experiencia ni mejores propuestas para el país.

Como resultado de la desintegración se ha producido una estampida de cuadros políticos al tiempo que los múltiples pequeños partidos adolecen de incapacidad para ganar nuevos militantes y fidelizar a los existentes. En los partidos surgidos como consecuencia de divisiones el escenario es muy complejo, quienes logran adherir a ellos lo hacen por simpatía antes que por una organización preexistente o un ideario convincente; lo hacen con un foco pequeño de individuos en torno al líder, y en el marco del formalismo legal de la inscripción ante el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) -la misma que se limita a las firmas de adhesión- y no ajustada a la necesaria condición de militantes.

Un partido disminuido y que no repercute más allá de sus fundadores, habrá de vivir a cuenta de ellos y cumplirá a duras penas, si lo hace, con las tareas que le son inmanentes.

 

§  Surgimiento de los movimientos independientes y los movimientos regionales

Noviembre de 1989, marca el hito, el punto de inflexión en la historia política del país. Dado el proceso electoral municipal de aquel año, irrumpe en el escenario político un independiente, un outsider. Desde entonces la presencia de aquellos irá cobrando mayor protagonismo, al punto tal que hoy la democracia del país está plagada de independientes y outsiders en desmedro de liderazgos provenientes de partidos con trayectoria e historial. Los denominados movimientos independientes escogen constituir un “partido a la medida” cuya conducción y organización esté bajo la exclusiva tutela del fundador. Es decir, no son más que partidos patrimoniales, partidos patronales.

Pero si aquella es la característica del movimiento independiente, el perfil del outsider no es, de modo alguno, atrayente. Los personajes denominados outsider demagógicamente suelen pretenderse adalides de la solución de los seculares problemas que aquejan a nuestro pueblo, y su discurso político se orienta a tomar distancia y a diferenciarse de aquello que refieren como política tradicional y de cuanto la represente.

El misérrimo desempeño de los partidos formalmente constituidos, es decir con ideología, estatutos, programas, organización, etc., no ha alcanzado a representar eficientemente a amplios sectores populares, producto de ello, señala Lynch (2004), que los independientes son el resultado de la desilusión generada por los partidos y en contraste con ellos, persiguiendo traer a la política prácticas y discernimientos distintos a la misma que aparentemente podrían remediar los problemas en los que nos habían introducido los partidos (p. 62). Al infortunado desenvolvimiento de los partidos para encarnar y encauzar los intereses ciudadanos se sumaron la falta de democracia interna cuando no las batallas intrínsecas que no lograron más que ahuyentar a los partidarios y escindir la organización.

La irrupción de los movimientos independientes no solo resulta una ilusión óptica en cuanto a representación ciudadana, sobrevienen en movimientos “golondrinos” en tanto aparecen para participar de los procesos electorales y se extinguen concluidos estos. Los malhadados movimientos independientes debilitan el sistema democrático al tiempo que dan fácil cabida a frágiles e improvisados liderazgos que han mercantilizado la política y la han convertido en la catapulta para asirse de un cargo público que antes que servicio a la ciudadanía les represente una fuente de ingresos, y no pocas veces el arca de la que se enriquecen sus fundadores. Los movimientos independientes han implicado para el quehacer político improvisación, informalidad, vaciamiento de la política. Pero sobre todo han representado el rompimiento de un cúmulo de lazos: culturales, afectivos, políticos, ideológicos.

 

§  Mercantilización y clientela

Los partidos surgidos desde los autodenominados movimientos independientes, básicamente a partir de la década de los noventa, han renunciado a la formulación de ideología y programa básicos, Filomeno (2012) señala que “bailar, correr o tocar un instrumento musical por parte de los postulantes presidenciales, resultaron ser la forma de suplir la ausencia de ideas que trasmitir a los seguidores” mellando así su formalidad institucional y la confianza que deberían forjar entre su potencial público objetivo y sus propios adeptos. Los partidos hoy han sido asaltados por una generación de “políticos pragmáticos” para los cuales el pensamiento que da sustento al accionar político no es preciso. Para aquellos el pragmatismo implica la mercantilización y clientela; para aquellos el fin justifica los medios. Mariátegui (1989) sostiene:

“Nuestro problema es moral y político: nuestra filosofía santifica los valores de la práctica. Todo se reduce a un criterio de responsabilidad humana; si la lucha es la única realidad, cada uno vale en cuanto obra y somos nosotros los que hacemos nuestra historia. […] No se trata de alcanzar un fin o de negarse en un renunciamiento ascético; se trata de ser siempre más intensa y conscientemente uno mismo, de superar las cadenas de nuestra debilidad en un esfuerzo más humano, perenne” (p. 18).

De ser los puntales del sistema democrático los partidos se han convertido en artilugio de oportunismo y en agencias de empleo. Ello les resta escrupulosidad a los distintos niveles de conducción y los expone temerariamente a niveles de corrupción e inestabilidad de la gestión de gobierno. Frente a ello no es difícil inferir la fragilidad del sistema democrático institucionalmente débil, debilitamiento al cual contribuyen eficientemente los partidos.

 

§  Renunciamiento, personalización, transfuguismo y corrupción

Señalar a los partidos como los responsables de la inopia de nuestra existencia política, resulta impropio por cuanto estos, como toda institución, es integrada por hombres, hombres que cesan de sus responsabilidades cívicas para adoptar la cómoda posición de cargarle la responsabilidad y quehacer político a una persona, sustituyendo la organización por liderazgos unipersonales. En este proceso los partidos se han ido debilitando y convirtiendo en tan solo siglas: se extinguió la organización, se abandonaron los enunciados políticos primigenios y se optó por el clientelismo electoral antes que por una militancia necesaria y convencida de su deber cívico y compromiso social. Vacío el escenario político de organizaciones partidarias sólidas las posiciones “independientes” y las tesis del no partido se han vigorizado, al tiempo de abrir espacio y dar cabida a los denominados outsiders. Los partidos, que hasta no hace mucho tiempo ejercieron la prerrogativa de la representación política, han dimitido de su función y cedido espacio a advenedizos e improvisados liderazgos que acarrean siempre informalidad, fragilidad política, y riesgo institucional.

En nuestro medio, los “partidos” liderados por Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Vladimir Cerrón, que accedieron a la presidencia de la república, tenían menos de un lustro de vida institucional, escasa organización política, y ningún ideario que enmarque su desempeño. Lo mismo ha ocurrido a nivel de los gobiernos subnacionales en los que los denominados movimientos regionales y los “independientes” han hecho, en su mayoría, de gobernaciones y municipios un espacio ajeno al buen y eficiente gobierno. Los llamados partidos históricos, en el interior del país, han dejado de tener representación orgánica y, como en el escenario nacional, han concedido a la personalización de su otrora organización. La ausencia de ideario y programa con que hoy se maneja la política ha dado pie a que los decisores de los diversos niveles de gobierno se manejen a su libre albedrío y no cuenten con los preceptos que delimitan el buen quehacer político y que demandan ética y moralidad en el manejo de la cosa pública.

Transfuguismo y corrupción signan hoy la vida política de nuestro país. Los vergonzantes videos de congresistas -en la década de los 90- recibiendo miles de dólares por cambiar de tienda política, o las acusaciones de corrupción que hoy penden sobre diversos representantes congresales, gobernadores regionales y alcaldes municipales, describen la situación de nuestra decadente política. En ello también hay responsabilidades.

 

§  Vaciamiento de la política

La política se vacía en el momento en que las dirigencias, lejos de hacer pedagogía y formar a los seguidores, a la vez que alcanzar nuevas y mayores adhesiones a partir de una prédica transparente y directa, optan por enunciar lo que la gente quiere oír. El vaciamiento de la política inicia cuando esta se transfigura en chambonada, trapacería, artimaña…comedia. El deterioro de los partidos sumado a la falta de consistencia de advenedizos liderazgos han descargado a la política de su contenido humanista y su perspectiva de justicia. Le han quitado a la política su homérica heroicidad y su incondicional voluntad de servicio. La vertiginosa crisis de los partidos ha privado a la política de su sentido de solidaridad; le ha negado sus afectividades, su historia que se traduce en nombres y se personifica en los militantes desinteresados, en los mártires, en los próceres, en la heroicidad de los revolucionarios, en los caídos líderes populares, en los intelectuales comprometidos, en el periodismo incorruptible, en las madres y en los estudiantes batalladores. La han privado de su idealismo, le han negado su sensibilidad comprendida como la impostergable tarea de mejorar en lo individual para contribuir en la prosperidad del colectivo, en la mejora de la sociedad. Flores Galindo (2007) anota que “Ahora muchos han separado política de ética […] En definitiva lo que nos resultará más costoso es haber separado moral de cultura” (p. 383).

 

CONCLUSIONES

 

§   La crisis de los partidos políticos en el Perú tiene raíces históricas y comunicacionales. La marginación de los partidos durante el régimen militar y el discurso anti-partido impuesto por el gobierno debilitó su legitimidad, generando desconfianza que persiste hasta hoy. Este deterioro institucional se profundiza por deficiencias en la comunicación política, lo que afecta la credibilidad y cohesión del sistema partidario.

§   El análisis desde las Ciencias de la Comunicación destaca la necesidad de instaurar prácticas discursivas transparentes, éticas y pedagógicas que recuperen el lenguaje político como herramienta de diálogo y formación ciudadana. Se propone superar modelos clientelistas y persuasivos para fortalecer la confianza democrática.

§   La fragilidad institucional del Estado repercute directamente en los partidos, que reproducen debilidades estructurales del país. Esta precariedad ha derivado en anomia política y riesgos de oclocracia, en un contexto donde el Proyecto Nacional continúa pendiente. Predominan intereses personales, prácticas patrimonialistas y un vaciamiento de valores, ideología y programas, que han fomentado el “travestismo político”, la improvisación de cuadros sin experiencia y el auge de outsiders y movimientos independientes.

§   La falta de formación política y la ausencia de propuestas claras incrementan la volatilidad electoral y la aparición de liderazgos débiles e inconsistentes, como los “candidatos golondrinos” de los años noventa. Ante ello, se enfatiza la necesidad de formar cuadros especializados y fortalecer la institucionalidad partidaria para contribuir a un sistema democrático más estable y responsable.

 

REFLEXIÓN FINAL

“Aquí hubo olvido punible de responsabilidades que siempre debieron ser honradas. Hubo abandono execrable de ideales que debieron mantenerse. Hubo defraudación de una inmensa esperanza colectiva. […] Y hubo tráfico con la fe de un pueblo que supo esperar y confiar en falsos adalides quienes […] renegaron de la causa sagrada que un día ese pueblo puso en sus manos para que siempre fuera defendida”.[3]

Ernest Renan en su Conferencia ¿Qué es una Nación? (La Sorbona, París, marzo de 1882), refiere que: “nación es […] una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios que se ha hecho y de aquellos que todavía se está dispuesto a hacer […] Una gran agregación de hombres, sana de espíritu y cálida de corazón”. Siendo así, podemos acotar que estamos en deuda con el propósito republicano y con quienes se inmolaron en defensa de sus ideales.

Los partidos políticos en el país se han alejado de los intereses nacionales y de las necesidades del pueblo, priorizando agendas de secta y abandonando la construcción de consensos y el compromiso cívico. Lejos de la “gran solidaridad” evocada por Renan, los partidos no encarnan valores de sacrificio, unidad ni vocación colectiva.

El deterioro partidario refleja un profundo decaimiento de valores en la sociedad política: predominan el discurso superficial, la mercantilización de la política, el oportunismo, la volatilidad de lealtades y el debilitamiento de la militancia responsable. A ello se suma la pobre formación ciudadana y el vaciamiento ideológico y programático de las organizaciones, lo que impide una conducción política coherente y expone al país a liderazgos improvisados y poco responsables.

Mientras el sistema de partidos no se reencauce, el Estado -pese a su fragilidad- debe promover espacios de participación ciudadana que recojan las demandas sociales y fortalezcan su legitimidad, como paso necesario para recuperar estabilidad y reconstruir la institucionalidad democrática.

En un tema tan sensible a la democracia, que implica el futuro del país, bien vale oír a Basadre:

Si hay una moraleja en estos episodios de nuestra historia reciente, ella consiste en que una nueva ola de progreso y renovación no debe estar subordinada a la falaz seducción de un caudillo. Debe haber “leaders” o dirigentes; pero no hombres providenciales, dictadores en potencia, ídolos divinizados con primitivismo animista, señores que luego, como en la frase del duque de Gandía, en gusanos se convierten” (p. 511).

 

REFERENCIAS

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Arendt, H. (1972). La crisis de la república. Editorial Trotta. Madrid. ISBN 978-84-9879-614-8

Ballón Echegaray, E. 1987. Estado, sociedad y sistema político peruano: una aproximación inicial. En: Síntesis 3, Revista documental de Ciencias Sociales Iberoamericanas, Madrid.

Basadre, J. 1978. Apertura; Ediciones Taller, Lima.

_________ 1981. Sultanismo, Corrupción y Dependencia en el Perú Republicano. Talleres Gráficos de Ausonia. Lima.

Belaunde, V. A. 1994. La crisis presente 1914-1939; Luis Alfredo Ediciones, Lima.

Bennett, W. L., & Livingston, S. (2018). The disinformation order: Disruptive communication and the decline of democratic institutions. European Journal of Communication, vol.33 no. 2.

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Cassirer, E. (2016) Filosofía de las formas simbólicas, T.1; Fondo de Cultura Económica. México. ISBN 978-607-16-3693-5

Castells, M. (2010). Comunicación y poder. Alianza Editorial.

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(*) Fernando J. Peña Aranibar es…….



[1] JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro, Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 4.

[2] Tantaleán Arbulú, J.: En: Sucedió en el Perú: Víctor Raúl, el joven Haya; Bloque 1.

[3] Mensaje a la Nación en el 148° Aniversario de la Independencia Nacional, 28 de julio de 1969. En: Velasco la voz de la revolución, discursos, Lima, Ediciones PEISA, 1971, pág. 58.